Cuando tenemos un conflicto con una o más personas y no sabemos salir de él, podemos requerir la ayuda de un mediador que facilite la entente y la adopción de acuerdos. En muchos casos, la mediación tiene una finalidad muy práctica: evitar litigios judiciales. En nuestro país, donde esta vía está siendo impulsada también desde la Administración, la conciencia de que vale la pena sentarse y hablar se va extendiendo poco a poco. El futuro nos aporta mayor bienestar cuando una cuestión conflictiva se ha resuelto con acuerdos en los que todo el mundo gana. Reparto de herencias, rupturas matrimoniales y redacción de planes de parentalidad, son casos prototípicos de mediación familiar; pero no son los únicos. A veces no sabemos encontrar los recursos necesarios para gestionar de manera satisfactoria la educación de los hijos; otras veces el paso por la adolescencia genera tensiones y situaciones que repetidamente acaban en rifirrafes. También en estos casos la mediación es un camino que puede ser muy útil y ahorrarnos sufrimientos innecesarios. Habitualmente el proceso de mediación requiere combinar sesiones conjuntas entre las partes con otras en privado. En todo caso, la voluntariedad de los implicados es un requisito indispensable. Por parte del mediador, el compromiso que adopta supone neutralidad, imparcialidad y confidencialidad absoluta. El proceso empieza con la recogida de información, con el fin de definir cuáles son los puntos de controversia. A menudo hay que distinguir entre el conflicto caliente, aquel que afecta a una situación concreta, del conflicto frío: el que permanece oculto y que genera un poso de sentimientos que dificulta el entendimiento entre las personas implicadas. Muchas veces un proceso de mediación que ha llegado a un consenso aceptado por las partes puede acabar con la redacción escrita de acuerdos. En casos de planes de parentalidad o convenios reguladores de separación o divorcio, se ofrece la posibilidad de revisar jurídicamente el convenio. En la mediación, la gestión de la emocionalidad deviene un punto clave para la resolución pacífica de los conflictos. Nuestras emociones nos impiden distanciarnos suficientemente de la situación y adoptar una perspectiva integradora que nos ayude a encontrar la solución al “problema”. Por eso, una tarea esencial del mediador es conseguir objetivar el conflicto y gestionar el impacto emocional que éste ha generado.