El malestar que sufre uno o más de uno de los componentes de la familia podemos entenderlo como el síntoma que pone de manifiesto una relación viciada, poco funcional, los orígenes de la cual acostumbran a permanecer ocultos en la mirada de las personas. La supervivencia muchas veces dificulta el crecimiento personal y, por lo tanto, el bienestar. Así, desde un punto de vista terapéutico SISTÉMICO, el que más nos importa es el CÓMO , y no tanto el POR QUÉ. A menudo un simple cambio de perspectiva nos aporta luz allí donde antes había confusión, porque muchas veces el intento reiterado de solución es aquello que mantiene el problema. El conflicto, la crisis, posibilita entonces una transformación profunda de los hábitos enquistados, que permitirá reconstruir los puentes de comunicación entre los diferentes miembros de la familia y lograr niveles superiores de bienestar personal y comunitario. La familia es un pequeño cosmos que requiere la renovación constante de los vínculos afectivos y de comprensión mutua. Allí donde podríamo encontrar un espacio compartido de desarrollo, de amor y de libertad, la convivencia prolongada fácilmente deriva en la consolidación de patrones de comportamiento, de roles, de hábitos que dificultan el libre despliegue de las capacidades personales de todos y cada uno de sus miembros.